martes, 9 de diciembre de 2014
Un hermano así
Un amigo mío, llamado David, tiene un hermano que es un famoso futbolista. Como obsequio de Navidad, David recibió de su hermano este año nada menos que un automóvil.
En Nochebuena, cuando David salió de su oficina, un niño de la calle estaba caminando alrededor del brillante coche nuevo admirándolo.
-¿Es este su coche, Señor?- preguntó. David afirmó con la cabeza.
- Mi hermano me lo regaló en Navidad.
El niño estaba asombrado.
- ¿Quiere decir que su hermano se lo regaló y a usted no le costó nada? Vaya me gustaría... -titubeó el niño-
Desde luego, David sabía lo que el niño iba a decir: que le gustaría tener un hermano así, pero lo que el muchacho realmente dijo estremeció a David de pies a cabeza.
- Me gustaría - prosiguió el niño - poder ser un hermano así.
David miró al niño con asombro, e impulsivamente añadió:
-¿Te gustaría dar una vuelta en mi auto?
-Oh sí, eso me encantaría.
Después de un corto paseo, el niño se giró y con los ojos chispeantes dijo:
- Señor... ¿No le importaría que pasáramos frente a mi casa?.
David sonrió. Creía saber lo que quería el muchacho . Quería enseñar a sus vecinos que podía llegar a su casa en un gran automóvil, pero de nuevo, David estaba equivocado.
- ¿Se puede detener donde están esos dos escalones? - pidió el niño.
Subió corriendo y poco rato después, David oyó que regresaba, pero no venía rápido. Llevaba consigo a su hermanito lisiado. Lo sentó en el primer escalón y entonces le señaló el coche.
-¿Lo ves?, Allí está Juan, tal como te lo dije, allí arriba. Su hermano se lo regaló por Navidad y a él no le costó ni un centavo, y algún día, yo te regalaré uno igualito... entonces podrás ver por ti mismo todas las cosas bonitas de los escaparates de Navidad, de las que he estado tratando de contarte.
David, bajó del coche y subió al muchacho enfermo al asiento delantero. El hermano mayor, con los ojos radiantes, se subió detrás de él y los tres comenzaron un paseo navideño memorable.
Esa Nochebuena, David comprendió lo que Jesús quería decir con: "Hay más dicha en dar que en recibir"
webcatolicodejavier.org
En Nochebuena, cuando David salió de su oficina, un niño de la calle estaba caminando alrededor del brillante coche nuevo admirándolo.
-¿Es este su coche, Señor?- preguntó. David afirmó con la cabeza.
- Mi hermano me lo regaló en Navidad.
El niño estaba asombrado.
- ¿Quiere decir que su hermano se lo regaló y a usted no le costó nada? Vaya me gustaría... -titubeó el niño-
Desde luego, David sabía lo que el niño iba a decir: que le gustaría tener un hermano así, pero lo que el muchacho realmente dijo estremeció a David de pies a cabeza.
- Me gustaría - prosiguió el niño - poder ser un hermano así.
David miró al niño con asombro, e impulsivamente añadió:
-¿Te gustaría dar una vuelta en mi auto?
-Oh sí, eso me encantaría.
Después de un corto paseo, el niño se giró y con los ojos chispeantes dijo:
- Señor... ¿No le importaría que pasáramos frente a mi casa?.
David sonrió. Creía saber lo que quería el muchacho . Quería enseñar a sus vecinos que podía llegar a su casa en un gran automóvil, pero de nuevo, David estaba equivocado.
- ¿Se puede detener donde están esos dos escalones? - pidió el niño.
Subió corriendo y poco rato después, David oyó que regresaba, pero no venía rápido. Llevaba consigo a su hermanito lisiado. Lo sentó en el primer escalón y entonces le señaló el coche.
-¿Lo ves?, Allí está Juan, tal como te lo dije, allí arriba. Su hermano se lo regaló por Navidad y a él no le costó ni un centavo, y algún día, yo te regalaré uno igualito... entonces podrás ver por ti mismo todas las cosas bonitas de los escaparates de Navidad, de las que he estado tratando de contarte.
David, bajó del coche y subió al muchacho enfermo al asiento delantero. El hermano mayor, con los ojos radiantes, se subió detrás de él y los tres comenzaron un paseo navideño memorable.
Esa Nochebuena, David comprendió lo que Jesús quería decir con: "Hay más dicha en dar que en recibir"
webcatolicodejavier.org
jueves, 4 de diciembre de 2014
Adviento, tiempo de recalcular ruta
Para. Mira. Contempla. Piensa. Recapacita. Hace mucho que no lo haces, ¿verdad? ¡Ha llegado el Adviento!
Todo te invita a correr, lo sé. Las prisas, los últimos trabajos, los exámenes, el atasco de las 8 en punto y la cola del súper. Y, de repente, Dios te grita: “¡PARA!” Y no para un día, ni dos, ni tres… ¡Para durante 3 semanas!
Ahora tienes entre las manos un tiempo para ti, para Él, para esperarlo, para acompañar a María en sus últimas semanas de embarazo. ¿Te lo imaginas? ¡Métete en aquellos días fríos de Belén!
Es tiempo de elegir siempre un sitio al raso, y de elegir el frío, de parar para coger impulso y de ponerse en camino. Probablemente ni tú ni yo tengamos que aceptar dar a luz en una cuadra, pero podemos elegir poner buena cara a ese compañero tan insoportable, o ayudar a nuestra madre a poner la mesa ese día que llegamos tan cansados. Además de sonreír y darle un café a ese pobre que pide en la esquina de nuestra calle o dejar nuestro orgullo a un lado y pedir perdón a ese amigo con el que llevamos tanto tiempo enfadados por una tontería.
También podemos recalcular la ruta y la meta, ¿sabes a dónde vamos? Sí, ¿verdad? ¡Al Cielo!
Despréndete de todo lo que te pese, deja tus pecados en el confesionario, deja tu rencor olvidado en una esquina y no te olvides de cargar las pilas para abrazar muy fuerte al niño de Belén.
Dios es tan real y tan humano que se hizo lo más débil y lo más entrañable: ¡un niño! ¿Algo más grande que Dios en un recién nacido? Tómate en serio estas semanas, sé capaz de encender cada domingo una vela en tu corazón, ofrécele todo lo que te cueste; tu pobreza, tu necedad y tus pecados solo van a tener sentido puestas a los pies del pesebre, para que ese Niño las transforme en lo que más necesites.
jovenescatolicos.es
miércoles, 3 de diciembre de 2014
¿Qué santos cuidaron del Papa Francisco en Turquía? Responde él mismo
El Papa Francisco dijo esta mañana que el beato Pablo VI, San Juan XXIII y San Juan Pablo II, que estuvieron también en Turquía como él este fin de semana, “han protegido desde el cielo mi peregrinación, realizada ocho años después de aquella de mi predecesor Benedicto XVI” que viajó a esa nación en 2006.
“El Beato Pablo VI y San Juan Pablo II, que estuvieron ambos en Turquía, y San Juan XXIII, que fue Delegado Pontificio en esa nación, han protegido desde el cielo mi peregrinación, ocurrida ocho años después de la realizada por mi predecesor Benedicto XVI. Esa tierra es querida para todo cristiano, especialmente por haber dado a luz al Apóstol Pablo y por haber acogido los primeros siete concilios y por la presencia, cerca a Éfeso, de la ‘casa de María’”, explicó el Santo Padre.
Al comienzo de la audiencia general de este miércoles en la Plaza de San Pedro, el Papa Francisco dio las gracias a las miles de personas presentes, muy a pesar del mal tiempo de Roma. A todos, les dijo el popular dicho de “A mal tiempo, buena cara”. Entre los participantes se encontraban muchos peregrinos procedentes de Argentina, México, Paraguay, Bolivia, Chile y España.
La catequesis de hoy la dedicó sobre todo a hablar de su reciente viaje a Turquía, que realizó del 28 al 30 de noviembre. “Ahora los invito a dar gracias al Señor por su realización y para que puedan nacer frutos de diálogo, ya sea en nuestras relaciones con los hermanos ortodoxos, que en aquellas con los musulmanes y en el camino hacia la paz entre los pueblos”.
Después de dar gracias a las autoridades del país por la acogida y la organización no fácil de la visita, agradeció a los obispos del país y al Patriarca Ecuménico Bartolomé I, con el que celebró la fiesta de San Andrés y firmó una declaración ecuménica, la calidez con la que le trataron.
El Santo Padre hizo repaso de los tres días que estuvo en suelo turco. El primer día recordó que saludó a las autoridades del país, de mayoría musulmana, aunque en su Constitución establece la laicidad del estado, y “hemos hablado de la violencia”.
“Por esto he insistido sobre la importancia de que cristianos y musulmanes se comprometan juntos por la solidaridad, por la paz y la justicia, afirmando que cada Estado debe asegurar a los ciudadanos y a las comunidades religiosas una real libertad de culto”.
La segunda jornada albergó la vista a algunos de los lugares más destacados de las diversas religiones que se profesan en el país, algo que Francisco hizo “sintiendo en el corazón la invocación al Señor, Dios del cielo y la tierra, Padre misericordioso de la entera humanidad”.
En la Catedral del Espíritu Santo en Estambul el Papa presidió una Eucaristía con fieles de los diversos ritos católicos y representantes de la Iglesia ortodoxa en la que “hemos invocado al Espíritu Santo, Aquel que hace la unidad de la Iglesia: unidad en la fe, unidad en la caridad, unidad en la cohesión interior”.
“En nuestro camino de diálogo ecuménico y de nuestra unidad, de nuestra Iglesia católica, el que hace todo es el Espíritu Santo. A nosotros nos toca dejarlo hacer, acogerlo e ir detrás de sus inspiraciones”, explicó en la Plaza de San Pedro ante las miles de personas congregadas y con el paraguas abierto por la lluvia que caía.
El último día, fiesta de San Andrés, el Pontífice consolidó las relaciones con el Patriarca Ecuménico de Constantinopla renovando “el compromiso mutuo de continuar en el camino hacia el restablecimiento de la plena comunión entre católicos y ortodoxos” y firmando una declaración.
Álvaro de Juana
aciprensa.com
lunes, 3 de noviembre de 2014
Yo soy el pan de vida
“El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed” (Juan 6, 35)
En su evangelio, Juan narra que Jesús, después de haber multiplicado los panes, en el gran discurso de Cafarnaún, dice: “Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre…” (Juan 6, 27).
Para sus oyentes es evidente la referencia al maná, como así también a la expectativa del “segundo” maná que descenderá del cielo en el tiempo mesiánico.
Poco después, en el mismo discurso, a la muchedumbre que aún no comprende, Jesús se presenta como el verdadero pan bajado del cielo, que debe ser aceptado mediante la fe:
“Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed”.
Jesús se ve ya como pan. Es ese el motivo último de su vida aquí sobre la tierra. Ser pan para ser comido. Y ser pan para comunicarnos su vida, para transformarnos en él. Hasta aquí el significado espiritual de esta palabra, que guarda relación con el Antiguo Testamento. Pero el discurso se torna misterioso y arduo cuando más adelante Jesús dice de sí mismo: “El pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo” (Juan 6, 51b) y también “les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes” (Juan 6, 53).
Es el anuncio de la Eucaristía que escandaliza y aleja a muchos discípulos. Pero es el don más grande que Jesús quiere darle a la humanidad: su presencia en el sacramento de la Eucaristía, que sacia el alma y el cuerpo y da la plenitud de la alegría gracias a la íntima unión con Jesús.
Nutridos con este pan cualquier otro tipo de hambre no tiene razón de ser. Cada deseo que tengamos de amor y verdad es saciado por quien es el Amor mismo, la Verdad misma.
Este pan nos nutre de Él, y nos es dado para que a su vez nosotros podamos saciar el hambre espiritual y material de la humanidad que nos rodea.
La humanidad recibe el anuncio de Cristo no tanto a partir de la Eucaristía, sino más bien de la vida de los cristianos nutridos por ella y por la Palabra, ya que predican el Evangelio con la vida y de palabra, y hacen presente a Cristo en medio de los hombres.
Gracias a la Eucaristía la vida de la comunidad cristiana se torna vida de Jesús, una vida capaz de dar amor: la vida de Dios a los demás.
Con la metáfora del pan, Jesús nos enseña también el modo más verdadero, más “cristiano” de amar a nuestro prójimo.
¿Qué significa amar?
Amar es “hacerse uno” con todos, hacerse uno en todo aquello que los otros desean, en las cosas más pequeñas e insignificantes y en aquellas que tal vez nos importan poco pero que a los demás les interesan.
Y Jesús ejemplificó de manera estupenda este modo de amar haciéndose pan para nosotros. Él se hace pan para entrar en todos, para hacerse comible, para hacerse uno con todos, para servir, para amar.
Entonces tenemos que hacernos uno también nosotros hasta dejarnos comer.
Esto es el amor, hacernos uno de manera tal que los demás se sientan nutridos por nuestro amor, confortados, aliviados, comprendidos.
Chiara Lubich
iglesia.org
En su evangelio, Juan narra que Jesús, después de haber multiplicado los panes, en el gran discurso de Cafarnaún, dice: “Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre…” (Juan 6, 27).
Para sus oyentes es evidente la referencia al maná, como así también a la expectativa del “segundo” maná que descenderá del cielo en el tiempo mesiánico.
Poco después, en el mismo discurso, a la muchedumbre que aún no comprende, Jesús se presenta como el verdadero pan bajado del cielo, que debe ser aceptado mediante la fe:
“Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed”.
Jesús se ve ya como pan. Es ese el motivo último de su vida aquí sobre la tierra. Ser pan para ser comido. Y ser pan para comunicarnos su vida, para transformarnos en él. Hasta aquí el significado espiritual de esta palabra, que guarda relación con el Antiguo Testamento. Pero el discurso se torna misterioso y arduo cuando más adelante Jesús dice de sí mismo: “El pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo” (Juan 6, 51b) y también “les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes” (Juan 6, 53).
Es el anuncio de la Eucaristía que escandaliza y aleja a muchos discípulos. Pero es el don más grande que Jesús quiere darle a la humanidad: su presencia en el sacramento de la Eucaristía, que sacia el alma y el cuerpo y da la plenitud de la alegría gracias a la íntima unión con Jesús.
Nutridos con este pan cualquier otro tipo de hambre no tiene razón de ser. Cada deseo que tengamos de amor y verdad es saciado por quien es el Amor mismo, la Verdad misma.
Este pan nos nutre de Él, y nos es dado para que a su vez nosotros podamos saciar el hambre espiritual y material de la humanidad que nos rodea.
La humanidad recibe el anuncio de Cristo no tanto a partir de la Eucaristía, sino más bien de la vida de los cristianos nutridos por ella y por la Palabra, ya que predican el Evangelio con la vida y de palabra, y hacen presente a Cristo en medio de los hombres.
Gracias a la Eucaristía la vida de la comunidad cristiana se torna vida de Jesús, una vida capaz de dar amor: la vida de Dios a los demás.
Con la metáfora del pan, Jesús nos enseña también el modo más verdadero, más “cristiano” de amar a nuestro prójimo.
¿Qué significa amar?
Amar es “hacerse uno” con todos, hacerse uno en todo aquello que los otros desean, en las cosas más pequeñas e insignificantes y en aquellas que tal vez nos importan poco pero que a los demás les interesan.
Y Jesús ejemplificó de manera estupenda este modo de amar haciéndose pan para nosotros. Él se hace pan para entrar en todos, para hacerse comible, para hacerse uno con todos, para servir, para amar.
Entonces tenemos que hacernos uno también nosotros hasta dejarnos comer.
Esto es el amor, hacernos uno de manera tal que los demás se sientan nutridos por nuestro amor, confortados, aliviados, comprendidos.
Chiara Lubich
iglesia.org
lunes, 20 de octubre de 2014
«Quién adora encuentra paz...»
La adoración aporta ante todo llegar a la intimidad con el Señor y ahondar esa intimidad. Para ningún adorador Jesús es un extraño. La adoración permite vivir más intensamente, con mayor participación, las celebraciones eucarísticas.
Quien adora encuentra paz, una paz desconocida para el mundo. Son muchísimos los testimonios en ese sentido. Personas que nunca pisaron una iglesia y que de pronto por alguna circunstancia o porque el Señor las atrajo entraron a la capilla de adoración y encontraron la paz para ellos desconocida, la que sólo puede dar el Señor.
La capilla de adoración perpetua ofrece a todos una estación para detenerse en el camino frenético de la vida. Les ofrece un espacio para reflexionar y dejarse interpelar por la presencia del Dios que nos ha creado y que nos salva.
La capilla siempre disponible es espacio de encuentro y de reposo en el camino, porque allí está Aquél que nos ofrece la paz verdadera, no como la que nos ofrece el mundo.
Resulta asombroso ver cuántas personas anónimas pasan y se detienen en la silenciosa capilla en la que el Santísimo está siempre expuesto y transcurren un tiempo considerable, inmersas en su mundo interior. Muchas veces se trata de personas que vienen de lugares muy distantes, aún de no católicos, o invitadas por amigos. Muchas entran «porque sí, por azar» y se ven atraídas por el poder invisible e irresistible del Señor.
Otro beneficio que se da donde la adoración perpetua es establecida es el servicio de orientación espiritual y de confesiones.
La adoración eucarística en general, y la perpetua en particular, favorecen la participación del sacrificio eucarístico en la Misa en la medida en que la adoración significa permanencia con Aquel a quien se ha encontrado en la comunión sacramental.
Mediante la adoración perpetua se descubre y promueve la unidad en torno a Jesucristo Eucaristía al volverse los adoradores conscientes de formar parte de una fraternidad eucarística, de cada uno ser un eslabón de la cadena ininterrumpida de adoración.
Los frutos son incontables: de conversión, de salvación, de sanación de viejas heridas, de perdón, de reconciliación, nacimiento de muchísimas vocaciones a la vida religiosa o al matrimonio.
Ya Juan Pablo II en su encíclica Ecclesia de Eucharistia decía: «El culto a la Eucaristía fuera de la Misa es de inestimable valor en la vida de la Iglesia... Es bello quedarse con Él e inclinados sobre su pecho, como el discípulo predilecto, ser tocados por el amor infinito de su corazón... Hay una necesidad renovada de permanecer largo tiempo, en conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor, ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento». Y agregaba: «¡Cuántas veces, mis queridos hermanos y hermanas, he hecho esta experiencia y de ella he sacado fuerzas, consuelo, sostén!» (EE n.25).
Hoy, más que nunca, debemos recuperar todo el respeto y el amor hacia la Eucaristía y para ello empezar con tomar conciencia del infinito bien que se nos ha dado. El Magisterio de la Iglesia insiste en –como decía el Juan Pablo II en su Carta apostólica sobre el año eucarístico 2004- recuperar el «estupor eucarístico». La rutina de las celebraciones hace que se pierda ese estupor, ese asombro por el mayor don que Dios nos ha hecho luego de su Encarnación y consecuenta con ella y con su sacrificio redentor.
vivirdelaeucaristia.blogspot.com
Quien adora encuentra paz, una paz desconocida para el mundo. Son muchísimos los testimonios en ese sentido. Personas que nunca pisaron una iglesia y que de pronto por alguna circunstancia o porque el Señor las atrajo entraron a la capilla de adoración y encontraron la paz para ellos desconocida, la que sólo puede dar el Señor.
La capilla de adoración perpetua ofrece a todos una estación para detenerse en el camino frenético de la vida. Les ofrece un espacio para reflexionar y dejarse interpelar por la presencia del Dios que nos ha creado y que nos salva.
La capilla siempre disponible es espacio de encuentro y de reposo en el camino, porque allí está Aquél que nos ofrece la paz verdadera, no como la que nos ofrece el mundo.
Resulta asombroso ver cuántas personas anónimas pasan y se detienen en la silenciosa capilla en la que el Santísimo está siempre expuesto y transcurren un tiempo considerable, inmersas en su mundo interior. Muchas veces se trata de personas que vienen de lugares muy distantes, aún de no católicos, o invitadas por amigos. Muchas entran «porque sí, por azar» y se ven atraídas por el poder invisible e irresistible del Señor.
Otro beneficio que se da donde la adoración perpetua es establecida es el servicio de orientación espiritual y de confesiones.
La adoración eucarística en general, y la perpetua en particular, favorecen la participación del sacrificio eucarístico en la Misa en la medida en que la adoración significa permanencia con Aquel a quien se ha encontrado en la comunión sacramental.
Mediante la adoración perpetua se descubre y promueve la unidad en torno a Jesucristo Eucaristía al volverse los adoradores conscientes de formar parte de una fraternidad eucarística, de cada uno ser un eslabón de la cadena ininterrumpida de adoración.
Los frutos son incontables: de conversión, de salvación, de sanación de viejas heridas, de perdón, de reconciliación, nacimiento de muchísimas vocaciones a la vida religiosa o al matrimonio.
Ya Juan Pablo II en su encíclica Ecclesia de Eucharistia decía: «El culto a la Eucaristía fuera de la Misa es de inestimable valor en la vida de la Iglesia... Es bello quedarse con Él e inclinados sobre su pecho, como el discípulo predilecto, ser tocados por el amor infinito de su corazón... Hay una necesidad renovada de permanecer largo tiempo, en conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor, ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento». Y agregaba: «¡Cuántas veces, mis queridos hermanos y hermanas, he hecho esta experiencia y de ella he sacado fuerzas, consuelo, sostén!» (EE n.25).
Hoy, más que nunca, debemos recuperar todo el respeto y el amor hacia la Eucaristía y para ello empezar con tomar conciencia del infinito bien que se nos ha dado. El Magisterio de la Iglesia insiste en –como decía el Juan Pablo II en su Carta apostólica sobre el año eucarístico 2004- recuperar el «estupor eucarístico». La rutina de las celebraciones hace que se pierda ese estupor, ese asombro por el mayor don que Dios nos ha hecho luego de su Encarnación y consecuenta con ella y con su sacrificio redentor.
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jueves, 16 de octubre de 2014
La aventura de la propia historia
Los guionistas y publicistas saben valorar una buena historia. Pero hay mucha gente que no encuentra el sentido de su vida, de su propia historia.
Un sentido que depende sobre todo del final. Y es difícil, o imposible, vivir sin sentido, sin saber hacia dónde se va y por tanto qué hacer y cómo.
El resultado de un partido de fútbol es lo que acaba de dar sentido pleno al juego. Ciertamente, también importa cómo se desarrolla, porque la participación tiene su emoción y su belleza; pero de tal modo que sea posible ganar. Cada jugada debería ir dirigida a esa meta.
En la película «Diarios de la calle» (Freedom writers, R. La Gravenese, 2007) se ve que especialmente los jóvenes aspiran a protagonizar su propia historia y poder contarla a los demás. Al final del camino cada uno debería de poder «contar su historia», la que escribió libremente.
Quien tiene proyectos, esperanzas, metas o ideales, proyectos pequeños o grandes, trabaja y se esfuerza por ellos. Pero ese esfuerzo –señala Benedicto XVI en su encíclica sobre la esperanza– puede desembocar fácilmente en cansancio, por la experiencia de las frustraciones o del fracaso, o en fanatismo. La voluntad necesita la luz de la inteligencia, si ésta sabe adónde dirigirse. A veces lo descubre a la mitad del camino, como ocurrió a la actriz italiana Claudia Koll, que lo hizo implicándose primero en actividades de voluntariado y beneficencia, y luego mediante «un viaje al interior» de sí misma. Y concluye: «Cuando se es auténtico en la búsqueda de sí mismo, necesariamente se busca también a Dios» (Zenit, 19.2.09).
Dios da la luz a quien la busca. Y esa luz es la fe, que es también fuerza e impulso –esperanza– para vivir amando. «Sólo la gran esperanza-certeza de que, a pesar de todas las frustraciones, mi vida personal y la historia en su conjunto están custodiadas por el poder indestructible del Amor y que, gracias al cual, tienen para él sentido e importancia, sólo una esperanza así puede en ese caso dar todavía ánimo para actuar y continuar». Cabría resumir: el que ama con la luz de Dios vence el cansancio y se sitúa en el polo opuesto al fanático.
Ahora bien, esa luz y ese amor son don de Dios; no se consiguen por las meras fuerzas humanas. ¿Cuál es, entonces, el sentido de la obra humana, del trabajo con vistas al Reino de Dios que de alguna manera comienza en este mundo? La respuesta de la encíclica es esta: podemos y debemos actuar dejándonos iluminar con la fe para llenarnos de la verdad del amor, que da sentido a lo más grande y a lo más pequeño; y de esa forma, el trabajo mismo puede acrecentar la esperanza¬ que lleva a vivir con plenitud. Brevemente: «Podemos abrirnos nosotros mismos y abrir el mundo para que entre Dios: la verdad, el amor y el bien». Y añade, con referencia a San Pablo: «Esto es lo que han hecho los santos que, como « colaboradores de Dios», han contribuido a la salvación del mundo». En efecto, los santos lo fueron también por su acción y su trabajo, como fruto de su unión con Cristo en la oración y en la Eucaristía. Y solían examinarse con frecuencia, para comprobar si el amor era el verdadero motor de su obrar.
cope.es
iglesia.org
Un sentido que depende sobre todo del final. Y es difícil, o imposible, vivir sin sentido, sin saber hacia dónde se va y por tanto qué hacer y cómo.
El resultado de un partido de fútbol es lo que acaba de dar sentido pleno al juego. Ciertamente, también importa cómo se desarrolla, porque la participación tiene su emoción y su belleza; pero de tal modo que sea posible ganar. Cada jugada debería ir dirigida a esa meta.
En la película «Diarios de la calle» (Freedom writers, R. La Gravenese, 2007) se ve que especialmente los jóvenes aspiran a protagonizar su propia historia y poder contarla a los demás. Al final del camino cada uno debería de poder «contar su historia», la que escribió libremente.
Quien tiene proyectos, esperanzas, metas o ideales, proyectos pequeños o grandes, trabaja y se esfuerza por ellos. Pero ese esfuerzo –señala Benedicto XVI en su encíclica sobre la esperanza– puede desembocar fácilmente en cansancio, por la experiencia de las frustraciones o del fracaso, o en fanatismo. La voluntad necesita la luz de la inteligencia, si ésta sabe adónde dirigirse. A veces lo descubre a la mitad del camino, como ocurrió a la actriz italiana Claudia Koll, que lo hizo implicándose primero en actividades de voluntariado y beneficencia, y luego mediante «un viaje al interior» de sí misma. Y concluye: «Cuando se es auténtico en la búsqueda de sí mismo, necesariamente se busca también a Dios» (Zenit, 19.2.09).
Dios da la luz a quien la busca. Y esa luz es la fe, que es también fuerza e impulso –esperanza– para vivir amando. «Sólo la gran esperanza-certeza de que, a pesar de todas las frustraciones, mi vida personal y la historia en su conjunto están custodiadas por el poder indestructible del Amor y que, gracias al cual, tienen para él sentido e importancia, sólo una esperanza así puede en ese caso dar todavía ánimo para actuar y continuar». Cabría resumir: el que ama con la luz de Dios vence el cansancio y se sitúa en el polo opuesto al fanático.
Ahora bien, esa luz y ese amor son don de Dios; no se consiguen por las meras fuerzas humanas. ¿Cuál es, entonces, el sentido de la obra humana, del trabajo con vistas al Reino de Dios que de alguna manera comienza en este mundo? La respuesta de la encíclica es esta: podemos y debemos actuar dejándonos iluminar con la fe para llenarnos de la verdad del amor, que da sentido a lo más grande y a lo más pequeño; y de esa forma, el trabajo mismo puede acrecentar la esperanza¬ que lleva a vivir con plenitud. Brevemente: «Podemos abrirnos nosotros mismos y abrir el mundo para que entre Dios: la verdad, el amor y el bien». Y añade, con referencia a San Pablo: «Esto es lo que han hecho los santos que, como « colaboradores de Dios», han contribuido a la salvación del mundo». En efecto, los santos lo fueron también por su acción y su trabajo, como fruto de su unión con Cristo en la oración y en la Eucaristía. Y solían examinarse con frecuencia, para comprobar si el amor era el verdadero motor de su obrar.
cope.es
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miércoles, 15 de octubre de 2014
Santa Teresa de Jesús
"Nada te turbe, nada te espante.
Todo se pasa. Dios no se muda.
La paciencia todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene, nada le falta.
Sólo Dios basta."
Virgen y Doctora de la Iglesia
(1515-1582)
(1515-1582)
"En la cruz está la gloria, Y el honor,
Y en el padecer dolor, Vida y consuelo,
Y el camino más seguro para el cielo."
Y en el padecer dolor, Vida y consuelo,
Y el camino más seguro para el cielo."
Nació en Ávila, España, el 28 de marzo de 1515.
Su nombre, Teresa de Cepeda y Ahumada, hija de Alonso Sánchez de Cepeda y Beatriz Dávila Ahumada. En su casa eran 12 hijos. Tres del primer matrimonio de Don Alonso y nueve del segundo, entre estos últimos, Teresa. Escribe en su autobiografía: "Por la gracia de Dios, todos mis hermanos y medios hermanos se asemejaban en la virtud a mis buenos padres, menos yo".
De niños, ella y Rodrigo, su hermano, eran muy aficionados a leer vidas de santos, y se emocionaron al saber que los que ofrecen su vida por amor a Cristo reciben un gran premio en el cielo. Así que dispusieronse irse a tierras de mahometanos a declararse amigos de Jesús y así ser martirizados para conseguir un buen puesto en el cielo. Afortunadamente, por el camino se encontraron con un tío suyo que los regresó a su hogar. Entonces dispusieronse construir una celda en el solar de la casa e irse a rezar allá de vez en cuando, sin que nadie los molestara ni los distrajese.
La mamá de Teresa murió cuando la joven tenía apenas 14 años. Ella misma cuenta en su autobiografía: "Cuando empecé a caer en la cuenta de la pérdida tan grande que había tenido, comencé a entristecerme sobremanera. Entonces me arrodillé delante de una imagen de la Santísima Virgen y le rogué con muchas lágrimas que me aceptara como hija suya y que quisiera ser Ella mi madre en adelante. Y lo ha hecho maravillosamente bien".
Sigue diciendo ella: "Por aquel tiempo me aficioné a leer novelas. Aquellas lecturas enfriaron mi fervor y me hicieron caer en otras faltas. Comencé a pintarme y a buscar a parecer y a ser coqueta. Ya no estaba contenta sino cuando tenía una novela entre mis manos. Pero esas lecturas me dejaban tristeza y desilusión".
Afortunadamente el papá se dio cuenta del cambio de su hija y la llevó a los 15 años, a estudiar interna en el colegio de hermanas Agustinas de Ávila. Allí, después de año y medio de estudios enfermó y tuvo que volver a casa.
Providencialmente una persona piadosa puso en sus manos "Las Cartas de San Jerónimo", y allí supo por boca de tan grande santo, cuán peligrosa es la vida del mundo y cuán provechoso es para la santidad el retirarse a la vida religiosa en un convento. Desde entonces se propuso que un día sería religiosa.
Comunicó a su padre el deseo que tenía de entrar en un convento. Él, que la quería muchísimo, le respondió: "Lo harás, pero cuando yo ya me haya muerto". La joven sabía que el esperar mucho tiempo y quedarse en el mundo podría hacerla desistir de su propósito de hacerse religiosa. Y entonces se fugó de la casa. Dice en sus recuerdos: "Aquel día, al abandonar mi hogar sentía tan terrible angustia, que llegué a pensar que la agonía y la muerte no podían ser peores de lo que experimentaba yo en aquel momento. El amor de Dios no era suficientemente grande en mí para ahogar el amor que profesaba a mi padre y a mis amigos".
La santa determinó quedarse de monja en el convento de Ávila. Su padre al verla tan resuelta a seguir su vocación, cesó de oponerse. Ella tenía 20 años. Un año más tarde hizo sus tres juramentos o votos de castidad, pobreza y obediencia y entró a pertenecer a la Comunidad de hermanas Carmelitas.
Poco después de empezar a pertenecer a la comunidad carmelitana, se agravó de un mal que la molestaba. Quizá una fiebre palúdica. Los médicos no lograban atajar el mal y éste se agravaba. Su padre la llevó a su casa y fue quedando casi paralizada. Pero esta enfermedad le consiguió un gran bien, y fue que tuvo oportunidad de leer un librito que iba a cambiar su vida. Se llamaba "El alfabeto espiritual", por Osuna, y siguiendo las instrucciones de aquel librito empezó a practicar la oración mental y a meditar. Estas enseñanzas le van a ser de inmensa utilidad durante toda su vida. Ella decía después que si en este tiempo no hizo mayores progresos fue porque todavía no tenía un director espiritual, y sin esta ayuda no se puede llegar a verdaderas alturas en la oración.
A los tres años de estar enferma encomendó a San José que le consiguiera la gracia de la curación, y de la manera más inesperada recobró la salud. En adelante toda su vida será una gran propagadora de la devoción a San José, Y todos los conventos que fundará los consagrará a este gran santo.
Teresa tenía un gran encanto personal, una simpatía impresionante, una alegría contagiosa, y una especie de instinto innato de agradecimiento que la llevaba a corresponder a todas las amabilidades. Con esto se ganaba la estima de todos los que la rodeaban. Empezar a tratar con ella y empezar a sentir una inmensa simpatía hacia su persona, eran una misma cosa.
En aquellos tiempos había en los conventos de España la dañosa costumbre de que las religiosas gastaban mucho tiempo en la sala recibiendo visitas y charlando en la sala con las muchas personas que iban a gozar de su conversación. Y esto le quitaba el fervor en la oración y no las dejaba concentrarse en la meditación y se llegó a convencer de que ella no podía dedicarse a tener verdadera oración con Dios porque era muy disipada. Y que debía dejar de orar tanto.
A ella le gustaban los Cristos bien chorreantes de sangre. Y un día al detenerse ante un crucifijo muy sangrante le preguntó: "Señor, ¿quién te puso así?", y le pareció que una voz le decía: "Tus charlas en la sala de visitas, esas fueron las que me pusieron así, Teresa". Ella se echó a llorar y quedó terriblemente impresionada. Pero desde ese día ya no vuelve a perder tiempo en charlas inútiles y en amistades que no llevan a la santidad. Y Dios en cambio le concederá enormes progresos en la oración y unas amistades formidables que le ayudarán a llegar a la santidad.
Teresa tuvo dos ayudas formidables para crecer en santidad: su gran inclinación a escuchar sermones, aunque fueran largos y cansones y su devoción por grandes personajes celestiales. Además de su inmensa devoción por la Santísima Virgen y su fe total en el poder de intercesión de san José, ella rezaba frecuentemente a dos grandes convertidos: San Agustín y María Magdalena. Para imitar a esta santa que tanto amó a Jesús, se propuso meditar cada día en la Pasión y Muerte de Jesús, y esto la hizo crecer mucho en santidad. Y en honor de San Agustín leyó el libro más famoso del gran santo "las Confesiones", y su lectura le hizo enorme bien.
Como las sequedades de espíritu le hacían repugnante la oración y el enemigo del alma le aconsejaba que dejara de rezar y de meditar porque todo eso le producía aburrimiento, su confesor le avisó que dejar de rezar y de meditar sería entregarse incondicionalmente al poder de Satanás y un padre jesuita le recomendó que para orar con más amor y fervor eligiera como "maestro de oración" al Espíritu Santo y que rezara cada día el Himno "Ven Creador Espíritu". Ella dirá después: "El Espíritu Santo como fuerte huracán hace adelantar más en una hora la navecilla de nuestra alma hacia la santidad, que lo que nosotros habíamos conseguido en meses y años remando con nuestras solas fuerzas".
Y el Divino Espíritu empezó a concederle Visiones Celestiales. Al principio se asustó porque había oído hablar de varias mujeres a las cuales el demonio engañó con visiones imaginarias. Pero hizo confesión general de toda su vida con un santo sacerdotes y le consultó el caso de sus visiones, y este le dijo que se trataba de gracias de Dios.
Nuestro Señor le aconsejó en una de sus visiones: "No te dediques tanto a hablar con gente de este mundo. Dedícate más bien a comunicarte con el mundo sobrenatural". En algunos de sus éxtasis se elevaba hasta un metro por los aires (Éxtasis es un estado de contemplación y meditación tan profundo que se suspenden los sentidos y se tienen visiones sobrenaturales). Cada visión le dejaba un intenso deseo de ir al cielo. "Desde entonces – dice ella – dejé de tener medio a la muerte, cosa que antes me atormentaba mucho". Después de una de aquellas visiones escribió la bella poesía que dice: "Tan alta vida espero que muero porque no muero".
Teresa quería que los favores que Dios le concedía permanecieran en secreto, pero varias personas de las que la rodeaban empezaron a contar todo esto a la gente y las noticias corrían por la ciudad. Unos la creían loca y otros la acusaban de hipócrita, de orgullo y presunción.
San Pedro Alcántara, uno de los santos más famosos de ese tiempo, después de charlar con la famosa carmelita, declaró que el Espíritu de Dios guiaba a Teresa.
La transverberación. Esta palabra significa: atravesarlo a uno con una gran herida. Dice ella: "Vi un ángel que venía del tronco de Dios, con una espada de oro que ardía al rojo vivo como una brasa encendida, y clavó esa espada en mi corazón. Desde ese momento sentí en mi alma el más grande amor a Dios".
Desde entonces para Teresa ya no hay sino un solo motivo para vivir: demostrar a Dios con obras, palabras, sufrimientos y pensamientos que lo ama con todo su corazón. Y obtener que otros lo amen también.
Al hacer la autopsia del cadáver de la santa encontraron en su corazón una cicatriz larga y profunda.
Para corresponder a esta gracia la santa hizo el voto o juramento de hacer siempre lo que más perfecto le pareciera y lo que creyera que le era más agradable a Dios. Y lo cumplió a la perfección. Un juramento de estos no lo pueden hacer sino personas extraordinariamente santas.
En aquella época del 1500 las comunidades religiosas habían decaído de su antiguo fervor. Las comunidades eran demasiado numerosas lo cual ayudaba mucho a la relajación. Por ejemplo el convento de las carmelitas de Ávila tenía 140 religiosas. Santa Teresa exclamaba: "La experiencia me ha demostrado lo que es una casa llena de mujeres. Dios me libre de semejante calamidad".
Un día una sobrina de la santa le dijo: "Lo mejor sería fundar una comunidad en que cada casa tuviera pocas hermanas". Santa Teresa consideró esta idea como venida del cielo y se propuso fundar un nuevo convento, con pocas hermanas pero bien fervorosas. Ella llevaba ya 25 años en el convento. Una viuda rica le ofreció una pequeña casa para ello. San Pedro de Alcántara, San Luis Beltrán y el obispo de la ciudad apoyaron la idea. El Provincial de los Carmelitas concedió el permiso.
Sin embargo la noticia produjo el más terrible descontento general y el superior tuvo que retirar el permiso concedido. Pero Teresa no era mujer débil como para dejarse derrotar fácilmente. Se consiguió amigos en el palacio del emperador y obtuvo una entrevista con Felipe II y este quedó encantado de la personalidad de la santa y de las ideas tan luminosas que ella tenía y ordenó que no la persiguieran más. Y así fue llenando España de sus nuevos conventos de "Carmelitas Descalzas", poquitas y muy pobres en cada casa, pero fervorosas y dedicadas a conseguir la santidad propia y la de los demás.
Se ganó para su causa a San Juan de la Cruz, y con él fundó los Carmelitas descalzos. Las carmelitas descalzas son ahora 14,000 en 835 conventos en el mundo. Y los carmelitas descalzos son 3,800 en 490 conventos.
Por orden expresa de sus superiores Santa Teresa escribió unas obras que se han hecho famosas. Su autobiografía titulada "El libro de la vida"; "El libro de las Moradas" o Castillo interior; texto importantísimo para poder llegar a la vida mística. Y "Las fundaciones: o historia de cómo fue creciendo su comunidad. Estas obras las escribió en medio de mareos y dolores de cabeza. Va narrando con claridad impresionante sus experiencias espirituales. Tenía pocos libros para consultar y no había hecho estudios especiales. Sin embrago sus escritos son considerados como textos clásicos en la literatura española y se han vuelto famosos en todo el mundo.
Santa Teresa murió el 4 de octubre de 1582 y la enterraron al día siguiente, el 15 de octubre. ¿Por qué esto? Porque en ese día empezó a regir el cambio del calendario, cuando el Papa añadió 10 días al almanaque para corregir un error de cálculo en el mismo que llevaba arrastrándose ya por años.
Oración a Santa Teresa de Jesús
- de San Alfonso de Ligorio -
- de San Alfonso de Ligorio -
Oh, Santa Teresa, Virgen seráfica, querida esposa de Tu Señor Crucificado, tú, quien en la tierra ardió con un amor tan intenso
hacia tu Dios y mi Dios, y ahora iluminas como una llama resplandeciente en el paraíso, obtén para mi también,
te lo ruego, un destello de ese mismo fuego ardiente
y santo que me ayude a olvidar el mundo, las cosas creadas,
aún yo mismo, porque tu ardiente deseo era verle adorado
por todos los hombres.
Concédeme que todos mis pensamientos, deseos y afectos
sean dirigidos siempre a hacer la voluntad de Dios,
la Bondad suprema, aun estando en gozo o en dolor,
porque Él es digno de ser amado y obedecido por siempre.
Obtén para mí esta gracia, tú que eres tan poderosa con Dios,
que yo me llene de fuego, como tú, con el santo amor de Dios.
Amén.
Papa Francisco: La esperanza cristiana no es mero optimismo, sino luz para el mundo
Durante la Audiencia General celebrada en la Plaza de San Pedro, el Papa Francisco recordó a los fieles que el destino final de los cristianos es estar “siempre con el Señor” y por tanto los alentó a mantenerse firmes en la esperanza cristiana, que no es un mero optimismo, sino una luz para el mundo, la espera ferviente de quien está por llegar, Cristo el Señor.
A continuación, la catequesis completa gracias a la traducción de Radio Vaticano:
La Iglesia esposa espera a su esposo
Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!
Durante este tiempo hemos hablado sobre la Iglesia, sobre nuestra santa madre Iglesia jerárquica, el pueblo de Dios en camino.
Hoy queremos preguntarnos: al final, ¿qué fin tendrá el pueblo de Dios? ¿Qué será de cada uno de nosotros? ¿Qué debemos esperarnos? El apóstol Pablo consolaba a los cristianos de la comunidad de Tesalónica, que se hacían estas mismas preguntas, y después de su argumentación decían estas palabras que son entre las más bellas de Nuevo Testamento: “Y así estaremos siempre con el Señor”.
Son palabras simples, ¡pero con una densidad de esperanza tan grande! “Y así estaremos siempre con el Señor”. ¿Ustedes creen esto? ¡Me parece que no, eh! ¿Creen? ¿Lo repetimos juntos tres veces? ¡Y así estaremos siempre con el Señor! ¡Y así estaremos siempre con el Señor! ¡Y así estaremos siempre con el Señor!
Es emblemático como Juan, en el libro del Apocalipsis, retomando la intuición de los Profetas, describe la dimensión última, definitiva, en los términos de la “Nueva Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios, embellecida como una novia preparada para recibir a su esposo”.
¡He aquí lo que nos espera! Y entonces, esto es la Iglesia: es el pueblo de Dios que sigue al Señor Jesús y que se prepara día a día al encuentro con él, como una esposa con su esposo. Y no es solamente un modo de decir: ¡serán unas verdaderas nupcias! Sí, porque Cristo haciéndose hombre como nosotros y haciendo de todos nosotros una sola cosa con Él, con su muerte y su resurrección, nos ha desposado verdaderamente y ha hecho de nosotros como pueblo, su esposa.
Y esto no es otra cosa que el cumplimiento del designio de comunión y de amor tejido por Dios en el curso de toda la historia, la historia del pueblo de Dios y también la propia historia de cada uno. Es el Señor el que lleva adelante esto.
Hay otro elemento, sin embargo, que nos consuela ulteriormente y que abre nuestro corazón: Juan nos dice que en la Iglesia, esposa de Cristo, se hace visible la “nueva Jerusalén”. Esto significa que la Iglesia, además de esposa, está llamada a convertirse en ciudad, símbolo por excelencia de la convivencia y de ‘relacionalidad’ humana.
Qué bello, entonces, poder ya contemplar, según otra imagen muy sugestiva del Apocalipsis, todas las gentes y todos los pueblos reunidos a la vez en esta ciudad, como en una morada, será “la morada de Dios”. Y en este marco glorioso no habrá más aislamientos, prevaricaciones, ni distinciones de ningún género – de naturaleza social, étnica o religiosa – sino que seremos todos una sola cosa en Cristo.
Ante la presencia de este escenario inaudito y maravilloso, nuestro corazón no puede no sentirse confirmado en modo fuerte en la esperanza. Ven, la esperanza cristiana no es sólo un deseo, un auspicio, no es optimismo: para un cristiano, la esperanza es espera, espera ferviente, apasionada por el cumplimiento último y definitivo de un misterio, el misterio del amor de Dios en el que hemos renacido y en el que ya vivimos. Y es espera de alguien que está por llegar: es Cristo el Señor que se acerca siempre más a nosotros, día tras día, y que viene a introducirnos finalmente en la plenitud de su comunión y de su paz.
La Iglesia tiene entonces la tarea de mantener encendida y claramente visible la lámpara de la esperanza, para que pueda seguir brillando como un signo seguro de salvación y pueda iluminar a toda la humanidad el sendero que lleva al encuentro con el rostro misericordioso de Dios.
Queridos hermanos y hermanas, esto es entonces lo que esperamos: ¡que Jesús regrese! ¡La Iglesia esposa espera a su esposo! Debemos preguntarnos, sin embargo, con gran sinceridad, ¿somos testigos realmente luminosos y creíbles de esta espera, de esta esperanza? ¿Nuestras comunidades viven aún en el signo de la presencia del Señor Jesús y en la espera ardiente de su venida, o aparecen cansadas, entorpecidas, bajo el peso de la fatiga y la resignación? ¿Corremos también nosotros el riesgo de agotar el aceite de la fe, de la alegría? ¡Estemos atentos!
Invoquemos a la Virgen María, Madre de la esperanza y reina del cielo, para que siempre nos mantenga en una actitud de escucha y de espera, para poder ser ya traspasados por el amor de Cristo y un día ser parte de la alegría sin fin, en la plena comunión de Dios. Y no se olviden: jamás olvidar que así estaremos siempre con el Señor. ¿Lo repetimos otras tres veces? Y así, estaremos siempre con el Señor, y así, estaremos siempre con el Señor, y así, estaremos siempre con el Señor. ¡Gracias!
aciprensa.com
El Papa Francisco beatificará a Pablo VI el próximo domingo
El Papa Francisco beatificará a Pablo VI el próximo domingo 19 de octubre en la Plaza de San Pedro en el Vaticano, coincidiendo con el día en el que concluirá el Sínodo Extraordinaria de la Familia. La ceremonia de beatificación estará presidida por el Papa Francisco y está programada para las 10:30 horas y se espera que esté presente el Papa Emérito Benedicto XVI.
Pablo VI pasará a la historia por haber escrito la ‘Humanae Vitae’, encíclica sobre la defensa de la vida y la familia, y por haber llevado a término el Concilio Vaticano II iniciado en 1962 por San Juan XXIII.
El milagro atribuido a la intercesión de Pablo VI, fallecido el 6 agosto de 1978, Fiesta de la Transfiguración, fue el de la curación de un niño en el vientre de su madre.
El postulador de la causa, Padre Antonio Marrazzo, presentó como milagro atribuible a la intercesión de Pablo VI la curación de un niño aún no nacido, que tuvo lugar en los primeros años de los años 90 en California. Durante el embarazo, los médicos encontraron un grave problema en el feto y, en razón de las consecuencias cerebrales que intervienen en estos casos, se le sugirió un aborto como único remedio a la joven madre. La mujer se opuso, queriendo llevar a término el embarazo, a pesar de que se le aseguró que el hijo nacería gravemente afectado en lo físico y a nivel cerebral, y se confió a la intercesión de Pablo VI.
El niño nació sin problemas y se esperó que llegara a la adolescencia para constatar la ausencia de consecuencias y la perfecta sanación. Según declaró Marrazzo en 2012 a Radio Vaticana, este hecho se trata de “un acontecimiento realmente extraordinario y sobrenatural, que tuvo lugar por intercesión de Pablo VI”.
El 20 de diciembre de 2012, ya en vísperas de su renuncia, Benedicto XVI proclamó la “heroicidad de las virtudes” de Pablo VI. Para la beatificación se necesitaba sólo el reconocimiento de un milagro. Tras la canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II, otro Pontífice de las últimas décadas, el continuador del Concilio, está por asumir el honor de los altares por decisión del Papa Francisco.
larazon.es
lunes, 13 de octubre de 2014
"Bon apettit hermano mío"
El Papa argentino, ofreció una silla a un guardia suizo que había estado de pie toda la noche y no conforme con ello, regresó hasta su estancia y le trajo un trozo de pan y jamón para que comiese. Este gesto vuelve a sorprender no solo al mundo cristiano.
Francisco tuvo ese gesto con un guardia encargado de su seguridad.
Recientemente cuando el Papa salía de su departamento en Santa Marta, se encontró con un Guardia Suizo fuera de su Puerta. El Papa, le pregunto qué hacia ahí, y que si había estado despierto toda la noche.
- “Si” contesto respetuosamente el guardia.
- ¿De pie? pregunto el Papa. ¿No se ha cansado?
- ” Es mi deber Su Santidad, por su seguridad”.
El Papa, lo miro amablemente, regresó a su departamento, y transcurridos algunos minutos volvió trayendo entre su manos una silla.
- Al menos siéntese y descanse – le dijo el Papa.
Muy sorprendido el guardia le respondió:
- ” Discúlpeme S.S., pero no puedo, las reglas no lo permiten”.
- ” ¿Las reglas? dijo Francisco”.
- ” Mi capitán, Su Santidad “, respondió el Guardia.
- “Bueno, pero yo soy el Papa y le pido que se siente”.
Un poco más tarde, el Papa regresó con un poco de pan y jamón, lo entregó al guardia y le dijo:
- ” Bon apettit hermano mío “
yocreo.com
Francisco tuvo ese gesto con un guardia encargado de su seguridad.
Recientemente cuando el Papa salía de su departamento en Santa Marta, se encontró con un Guardia Suizo fuera de su Puerta. El Papa, le pregunto qué hacia ahí, y que si había estado despierto toda la noche.
- “Si” contesto respetuosamente el guardia.
- ¿De pie? pregunto el Papa. ¿No se ha cansado?
- ” Es mi deber Su Santidad, por su seguridad”.
El Papa, lo miro amablemente, regresó a su departamento, y transcurridos algunos minutos volvió trayendo entre su manos una silla.
- Al menos siéntese y descanse – le dijo el Papa.
Muy sorprendido el guardia le respondió:
- ” Discúlpeme S.S., pero no puedo, las reglas no lo permiten”.
- ” ¿Las reglas? dijo Francisco”.
- ” Mi capitán, Su Santidad “, respondió el Guardia.
- “Bueno, pero yo soy el Papa y le pido que se siente”.
Un poco más tarde, el Papa regresó con un poco de pan y jamón, lo entregó al guardia y le dijo:
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