domingo, 19 de julio de 2015
Evangelio del Domingo
Los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.
El les dijo: "Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco". Porque era tanta la gente que iba y venía, que no tenían tiempo ni para comer.
Entonces se fueron solos en la barca a un lugar desierto.
Al verlos partir, muchos los reconocieron, y de todas las ciudades acudieron por tierra a aquel lugar y llegaron antes que ellos.
Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato
Comentario del Evangelio: “Se conmovió de compasión por ellos, porque eran como ovejas sin pastor” Por: San Gregorio de Nisa
¿Dónde llevas a pastorear tu rebaño», oh buen pastor, que lo llevas todo entero sobre tus espaldas? Porque la raza humana entera es un único rebaño que tú has cargado sobre tus espaldas. Dime el lugar donde pacen, dame a conocer las aguas donde reposa, llévame a mi donde está la hierba crecida, llámame por mi nombre, para que yo, que soy oveja tuya, oiga tu voz, y tu voz sea para mí la vida eterna.
Sí, «dímelo tú, a quien ama mi alma». Es así como te nombro, porque tu nombre está por encima de todo nombre, inexpresable e inaccesible a toda criatura dotada de razón. Pero este nombre, testigo de mis sentimientos hacia ti, expresa tu bondad. ¿Cómo no voy a amarte a ti que me has amado primero, cuando todavía era totalmente negra, hasta el punto de dar tu vida por tus ovejas de la que tú eres el pastor? No es posible imaginar amor más grande que el de quien ha dado la vida por mi salvación.
Dime, pues, «dónde llevas a pacer tu rebaño», que pueda yo encontrar el pasto de salvación, hartarme del alimento celestial del que todo hombre debe comer si quiere entrar en la vida, correr hacia ti, que eres la fuente, y beber a grandes sorbos el agua divina que tú mismo haces brotar para los que tienen sed. Esta agua se derrama de tu costado después que la lanza ha abierto en él una llaga, y cualquiera que la guste llega a ser una fuente que mana hasta la vida eterna.
evangeliodeldia.org
El Papa Francisco enseña los tres “verbos del Pastor”: Ver, tener compasión y enseñar
El Papa Francisco reflexionó hoy sobre los “verbos del Pastor”, en sus palabras previas al rezo del Ángelus frente a los miles de fieles congregados en la Plaza de San Pedro.
En su explicación, el Papa habló de tres verbos: ver, tener compasión y enseñar, que están asociados a la actitud de Jesús y a los que llamó “los verbos del Pastor”.
“El Evangelio de hoy nos dice que los Apóstoles, después de la experiencia de la misión, están contentos pero también cansados. Y Jesús, lleno de comprensión, quiere darles un poco de alivio; entonces les lleva aparte, a un lugar apartado para que puedan descansar un poco”, recordó.
El Papa explicó que en este punto, San Marcos “nos ofrece una imagen de Jesús singular e intensa, ‘fotografiando’, por decir así, sus ojos y acogiendo los sentimientos de su corazón”. Jesús, indicó, observa que la gente que les seguía “eran como ovejas sin pastor” y se puso a enseñarles.
Francisco distinguió aquí “los verbos del Pastor: Ver, tener compasión, enseñar”.
El Papa señaló que ver y tener “están siempre asociados a la actitud de Jesús: de hecho su mirada no es la mirada de un sociólogo o de un foto reportero, porque él mira siempre con ‘los ojos del corazón’”. Por tanto, “ver y tener compasión configuran a Jesús como Buen Pastor”.
Respecto a la compasión dijo que “no es solo un sentimiento humano, sino la conmoción del Mesías en el que se ha hecho carne la ternura de Dios”. Nace además “del deseo de Jesús de nutrir a la muchedumbre con el pan de su Palabra”.
“Y de esta compasión nace el deseo de Jesús de nutrir a la gente con el pan de su Palabra, es decir, de enseñar la palabra de Dios a la gente. Jesús ve, Jesús tiene compasión, Jesús enseña. ¡Esto es hermoso!”, aseguró.
Álvaro de Juana
Foto: Daniel Ibáñez
aciprensa.com
miércoles, 15 de julio de 2015
La muralla de nieve
En las afueras de la ciudad, en el lado por donde venían los enemigos, había una casa solitaria, y en ella había una anciana creyente, que estaba orando seriamente con las palabras de un antiguo himno, para que Dios levantase una muralla alrededor de ellos, de forma que el enemigo no pudiera atacarles. En esa misma casa vivían su hija, viuda, y su nieto, un joven de 20 años. Él oyó la oración de su abuela, y no pudo evitar decir que no comprendía cómo ella podía pedir algo tan imposible como que un muro se construyera alrededor de la casa para librarlos del enemigo. La anciana añadió:
- "Sin embargo, ¿piensas que si fuera la voluntad de Dios construir una muralla alrededor de nosotros, sería imposible para Él?
Llegó la terrible noche del 5 de enero y a la medianoche, los soldados empezaron a entrar en todos lados. La casa de la que hablábamos estaba cerca de la carretera, y era mayor que las casas que estaban cerca, que eran solo casas muy pequeñas. Sus habitantes miraban con ansias o temor cómo los soldados entraban en una y otra casa para pedir lo que quisieran; pero todos pasaron de largo de su casa.
Durante todo el día había habido una terrible nevada (la primera del invierno) y hacia la noche la tormenta se hizo tan violenta que apenas se reconocía con otros años.
Al final cuatro partidas de cosacos llegaron, porque la nieve no los dejaba entrar antes en la ciudad por otro camino. Esta parte de las afueras estaba un poco lejos de la ciudad misma. Las casas cercanas a donde vivía la anciana se vieron así llenas con 50 o 60 de estos hombres salvajes. Fue una noche terrible para los que vivían en esa parte de la ciudad, llena a rebosar con tropas enemigas. Pero ni un solo soldado entró en la casa de la abuela; y en medio de los gritos de alrededor ni siquiera se oyó un golpe en la puerta para asombro de la familia.
A la mañana siguiente, cuando salió el sol, vieron la causa. La tormenta había descargado una cantidad tal de nieve entre la carretera y la casa que no se podía llegar allí.
- "¿Ves ahora, hijo mío," -dijo la anciana- "que fue posible para Dios levantar una muralla alrededor de nosotros?".
webcatolicodejavier.org
martes, 14 de julio de 2015
"El poder del amor es lo que nos salva"
-Dr. del Corral, leyendo su biografía, podría decirse que en 1997 estaba usted en la cumbre de su profesión. Entonces se da cuenta de que, en realidad, no es usted quien controla su vida…
-Efectivamente. Mi gran cambio se da precisamente cuando yo creía que era el artífice de mi historia y, entonces, me doy cuenta de que no, de que el artífice de mi historia es Otro.
-¿Cómo fue aquello?
-Se dieron el mismo día una serie de circunstancias extraordinarias. El 14 de junio de 1997, por la mañana, recibí en Pamplona el birrete de doctor en Cirugía Ortopédica por la Universidad de Navarra. Estuvieron conmigo mis padres en una ceremonia emocionante. Fue un día grande. Comimos allí con los catedráticos y yo me vine corriendo a Madrid. Era el jefe de los servicios médicos del Real Madrid y esa tarde se jugaba el último partido de la liga de fútbol. Si vencíamos, seríamos campeones. En el descanso de ese partido ya ganábamos tres a cero, con lo que imagínese la euforia de triunfo que se respiraba en el vestuario. Era una situación desbordante. Entonces, en ese momento culminante, me avisaron de que mi hijo Álvaro había tenido un accidente muy grave y que debía ir a La Paz. Fue algo tremendo, terrible. Para más inri, cuando salí del vestuario, mi coche estaba atrapado por otro, así que subí corriendo por la Castellana, desde el Bernabéu hasta La Paz, de un tirón y sin parar. Allí estuvimos unas horas hasta que, a las dos de la mañana del 15 de junio, nos comunicaron que nuestro hijo había muerto.
-¿No se enfadó con Dios?
-No. Más que nada, porque la palabra que mejor define mi estado durante los tres días siguientes es muerto. Estaba muerto. Tenía un dolor en el pecho, dolor físico, de no poder ni respirar, que me mataba, y me sentía como muerto. Pero no me enfadé, porque cuando estás muerto, ni si quiera te planteas cómo estás. No expresé reproches hacia nadie.
-¿Después de esos tres días?
-Ese tercer día, tuve una experiencia.
-¿Cuál fue?
-Ese día, por tres veces, leí la misma frase en tres sitios diferentes. La primera fue abriendo una Biblia. La segunda, al entrar en una iglesia, mientras daba un paseo. La tercera, leyendo un cuaderno de mi hijo. La última frase que escribió Álvaro en vida, en ese cuaderno, con la clásica letra de niño de seis años que primero es muy fuerte y según va avanzando, es cada vez más floja y va cayendo, fue: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Era la tercera vez ese día que leía esa frase sin buscarla. Inmediatamente después de leer esa frase escrita por mi hijo, experimenté una presencia en mi interior y en el exterior, en aquella habitación, que no es que me quitara el dolor del pecho, pero sí se llevó una parte de él, y percibí que esa presencia me acompañaba. A partir de ese momento, en medio de esa locura inaceptable que supone la pérdida de un hijo, te das cuenta de que hay alguien más, algo más. Entonces, una vez que pasa, te preguntas: ¿Quién es el que está aquí? Y así empecé un proceso de búsqueda.
-¿No es un delirio? ¿No es fruto de una conmoción?
-No. Yo lo defino como una presencia real del Resucitado. Dios existe. Yo he aprendido que Cristo resucitó. Yo experimenté su presencia ahí. Hay gente que puede interpretar mi experiencia como un estado de ánimo desvirtuado de alguna manera por el trauma. Pero yo digo que no es así. A partir de entonces, yo seguía con el sufrimiento, pero fue tan auténtica esa experiencia, que me embarqué en una búsqueda de Aquel a quien había percibido. Fue una etapa de mi vida muy amarga, en la que dormía poco, a lo mejor tres horas al día, y leía muchísimo. Devoraba lectura en busca de esa presencia.
-¿Pero buscaba ya a Cristo o estaba abierto a otras posibilidades?
-La pista principal era la de Jesucristo, porque la búsqueda comenzó tras leer la frase “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, pronunciada por Él. Pero sí es verdad que empecé a leer obras existencialistas, religiosas, filosóficas… En esa búsqueda a través de la lectura, me fui dando cuenta de dónde percibía ese fuego que conocí en aquella experiencia.
-¿Dónde percibió con mayor intensidad ese fuego?
-Sobre todo en un libro que cuenta lo que me sucedió a mí. En otro contexto, a otra persona, pero la experiencia que yo tuve podría ser exactamente la misma, por rara y descabellada que pueda parecer, que la que tuvo, describió y plasmó el filósofo español Manuel García Morente. Lo que vivió él en 1937 en París fue absolutamente lo mismo que yo experimenté en 1997. Él lo llamó “hecho inexplicable”. Este provocó su conversión y, después, siendo ya mayor, su ordenación sacerdotal.
-El resultado de ese estado que los racionalistas llamarían "de delirio" o "de alucinación", ¿sigue vigente?
-Efectivamente, hay quienes afirman que, por ejemplo, el síndrome del duelo dura como mucho unos seis años. Pero ya han pasado dieciocho años desde que tuve esa experiencia y esto no se apaga, no desaparece. El recuerdo permanece siempre. Para dejarlo claro, a mí me pueden partir las piernas, pero yo diré que viví un encuentro con el Resucitado.
-Entonces, ¿usted cree que Cristo, después de muerto, resucitó?
-Sí, absolutamente.
-Lo digo porque usted es médico y más de una vez ha palpado un cadáver. Creer que un muerto pueda resucitar, puede parecer demasiado.
-Sí, soy médico, y de igual manera que he palpado un cadáver, he experimentado a Cristo resucitado, por eso lo cuento. Yo creo que Cristo resucitó realmente. La clave del cristianismo no está en el sermón de la Montaña, sino en la Resurrección. Lo demás son todo buenas palabras. El acontecimiento de la Resurrección de Cristo cambia radicalmente la historia de todos y cada uno de los hombres. Al final de los finales de todas las historias, hay un momento fundamental en el que si creemos que Cristo resucitó y que resucitaremos con Él tras nuestra muerte, todo lo demás pasa a un segundo plano.
-Usted siempre ha manifestado mucha confianza en la Misericordia de Dios, y justo el Papa ha declarado un Año de la Misericordia. ¿Ha cambiado de estrategia la Iglesia o algo así?
-No lo creo. Yo creo que detrás de todo esto está el Espíritu Santo, y ya desde los tiempos del Concilio Vaticano II se viene hablando mucho de la Misericordia. Más allá de todo esto, te puedo contar una anécdota. Este asunto de la Misericordia era una discusión que yo tuve durante años con mi padre. Él fue un hombre bueno, un hombre justo, recio, que tenía ese concepto del cristianismo del cumplimiento. Yo discutía con él porque lo mío siempre ha sido más el buen vivir. Yo le decía que soy más paulino, más de que todo es para gloria de Dios. Si me dan una buena carne, me la como. Si me dan un buen vino, me lo bebo, y todo para gloria de Dios. Él me decía que no, que eso era muy cómodo. Entonces, yo le decía que si fuera por méritos propios, no pasamos ninguno y que, por lo tanto, solo podemos confiar en la misericordia de Dios. De esto discutimos durante años. Sin embargo, unos días antes de morirse, estando ya él tumbado en la cama, empezamos a hablar de esto otra vez. Le dije que si no era por la misericordia, yo no pasaba el corte, y él me dijo: “Es verdad. Si es por mérito, no tenemos solución”. Una semana después se murió. Dios esperó a los 96 años a que mi padre comprendiera que somos poca cosa, que todo es gracia y gratuidad. Entonces, volviendo al asunto, es verdad que en nuestra Iglesia ha habido elementos que caían un poco en que las normas, en que el cumplimiento, es la respuesta del asunto. El calvinismo, cae en eso también. El Islam cae en eso, y a veces, parte de la Iglesia ha caído en eso. Pero Cristo no dijo eso. Cristo murió por la salvación de todos, no solo por la de los cumplidores. Cristo murió por los pecadores, y murió de verdad. Yo soy de la opinión de que toda esta historia la mueve el Espíritu de Dios, que va transformando nuestros corazones como va pudiendo y como le vamos dejando, porque somos muy tercos. Todo esto de la Misericordia emana como he dicho ya del Concilio Vaticano II, y la cosa va poco a poco, porque todavía hay mucha gente muy empeñada en las normas, en los principios, y yo pienso, y esto se lo digo a amigos míos sacerdotes, que creo que se habla poco de Jesucristo. Se habla de normas y no de Cristo. Después de la Misericordia, hay otra frase que te puede poner los pelos de punta, y es esa que dice que: “Yo os he elegido a vosotros antes del principio”, y puede que ese elegido del Señor sea un botarate, un tío que no hace más que calamidades, pero que sin embargo, un día ve al crucificado y le queda claro que ahí está la verdad, aunque siga siendo un tío muy torpe que siga haciendo barrabasadas. En definitiva, creo que el Espíritu Santo es quien mueve y quien ha movido al Papa a declarar un año de la Misericordia. A mí me da igual quien sea el Papa. Porque yo creo que detrás de ese hombre, ya sea bueno, buenísimo o regular, está el Espíritu Santo.
-Usted, que es médico, un hombre de fe y que, además, ha pasado por la experiencia de la muerte de un ser tan querido como es un hijo, ¿qué diría o dice a alguien que está experimentando un duelo y puede no tener esa fe?
-Decir, poquito. Las palabras en ciertos momentos siempre están de más, están vacías. Lo que puedes hacer es acompañar, dar cariño, estar cerca. En definitiva, el poder del amor es lo que nos salva. Lo que salvó a mi familia fue que muchas personas nos amaron, nos ayudaron; el amor que Dios puso en ellos y ellos, a su vez, nos dieron a nosotros. Las grandes frases, las grandes palabras no sirven de nada. Es tan grande el dolor cuando se pierde a alguien a quien se ha amado mucho… Entonces solo valen la compañía, el cariño y la cercanía. Más allá de esto, yo les animaría a escuchar esta frase del Señor: “Los que estáis cansados y agobiados venid a mí que yo os aliviaré”. El gran alivio de esta vida es la presencia del Señor. Sin eso, a veces es insoportable.
-¿Dónde encuentra esa presencia de Dios usted en su día a día?
-Yo intento, con mi precariedad y mis contradicciones, tener la presencia de Jesucristo todos los días. Por ejemplo, al empezar a trabajar y mientras trabajo. Al comer –que yo soy muy tragón–, se puede bendecir la mesa. Debemos intentar hallar esa presencia de Dios, el encuentro con el Señor. Sin este encuentro con el Señor, todas las liturgias, las normas y las catequesis, te dan igual. Hay que encontrar a Cristo, experimentar que es verdad, y, una vez que le conoces, volver cada día a ese primer amor, aunque tengas mucho trabajo y mucho lío. En ese primer amor y en el amor mismo, está la clave de todo lo demás. A mis hijos, siempre les digo: “No os separéis nunca del Señor. Tras los errores que cometáis, os levantáis, le pedís fuerzas, y seguís. Él sabe de qué madera estamos hechos”.
Una vida de altura
Alfonso del Corral Salas nació en Madrid en 1956 . Llegó a la élite del baloncesto español, entrenando y compitiendo mientras cursaba Medicina.
Familia. Está casado con Paloma Trujillano, y son padres de cinco hijos. “Aunque Álvaro se fue al Cielo de pequeño, siempre lo contamos a él también”, explica el doctor.
Real Madrid. Fichó por el Real Madrid en 1984. Antes había destacado en el oar de Ferrol y en el Estudiantes.
Campeón. En los años 1985 y 1986, hizo pleno de títulos nacionales con el Real Madrid, ganando sendas ligas y Copas del Rey. Fue campeón de la Copa Korac en 1988.
Copa de Europa. Aquella generación se quedó a las puertas de ganar la Copa de Europa, perdiendo la final de 1985.
Drazen Petrovic. El fichaje del jugador croata por el Real Madrid coincidió con un cambio generacional que supuso la marcha de Del Corral. De Petrovic recuerda el doctor una insaciable ansia de perfección: “Si en un partido fallaba un tiro libre, en el entrenamiento siguiente tiraba una serie de cien. Si fallaba uno, empezaba de nuevo”.
Carrera médica. Licenciado en Medicina en 1981 por la Universidad Autónoma de Madrid, una vez que dejó la competición, siguió vinculado al equipo médico del club.
Fútbol. En 1996 pasó a ser jefe de los servicios médicos del Real Madrid. Entre sus manos tuvo la salud y forma física de algunos de los mejores futbolistas del mundo como Mijatovic, Beckham, Zidane, Raúl o Ronaldo.
Cum laude. En 1997 recibe un doctorado cum laude en Cirugía Ortopédica por la Universidad de Navarra. Ese mismo año vive su “encuentro con el Resucitado”.
Año 2015. Actualmente trabaja en la Unidad de Traumotología, Ortopedia y Medicina Deportiva del Hospital Ruber Internacional, y en el Centro Médico La Masó, ambos en Madrid, al tiempo que da testimonio de su experiencia de fe en numerosos ámbitos y medios.
Jesús García-Colomer
Fotografía: Paloma Soria
revistamision.com
lunes, 13 de julio de 2015
¿Soy culpable de mí mismo?
Necesito abrir los ojos ante mi situación actual y verla con realismo y con esperanza.
Cada decisión deja una huella: en mi vida, en la de los seres cercanos, en otros corazones que no conozco pero que, de modos misteriosos, quedan bajo la influencia de mis actos.
Con el pasar del tiempo, las decisiones configuran un mosaico. Como enseñaba san Gregorio de Nisa, en cierto sentido somos padres de nosotros mismos a través de nuestros actos.
¿Qué imagen he trazado en mi alma? ¿Hacia dónde está dirigida mi mirada? ¿Qué busco, qué sueño, qué temo, qué lloro, qué me causa alegría? ¿Hacia dónde oriento el cincel cada vez que plasmo la estatua de mi vida?
Si los defectos dominan mi corazón, siento pena. Surge entonces la pregunta: ¿soy culpable de mí mismo? ¿Son mis decisiones las que me llevaron a esta situación de apatía, de tibieza, de orgullo, de envidia, de rencores?
En ocasiones busco la culpa fuera de mí. Incluso tal vez tenga algo de razón: hay personas que me han herido profundamente, que un día llegaron a provocar esa angustia o ese odio que me carcome a todas horas. Pero en otras ocasiones tengo que reconocerlo: la culpa es completamente mía.
Necesito abrir los ojos ante mi situación actual y verla con realismo y con esperanza. Sobre todo, necesito aprender a leer mi vida desde un corazón que me conoce como nadie: el corazón de Dios.
A Él puedo preguntarle si soy culpable de mí mismo, si me he dañado tontamente, si he permitido que me ahoguen asuntos insustanciales, si me he encerrado en un pesimismo dañino.
Luego, desde el diagnóstico del Médico divino, podré abrirme a su gracia para curar mi voluntad, para orientar mis pensamientos a un mundo nuevo y bello, para dar pasos concretos que me permitan perdonar y pedir perdón.
Será posible, entonces, que esa libertad con la que tantas veces he hecho daño, a otros y a mí mismo, empiece a ser usada para construir una vida nueva, desde la luz del Espíritu Santo y con la meta que embellece todo: amar a Dios y a los hermanos.
P. Fernando Pascual
catholic.net
jueves, 18 de junio de 2015
martes, 17 de marzo de 2015
Dios y el hombre en Jesucristo
Actualmente se nos hace caer en la cuenta de que hablamos bastante del amor que nosotros debemos tener a Dios -- es el primer mandamiento suyo-- y se nos habla mucho menos del amor que Dios nos ha tenido y nos tiene a los hombres. Y tendría que ser al revés.
Cuando se conoce bien y se tiene metida muy adentro la convicción de que Dios nos ha amado primero y que desde un principio nos ha llamado al amor, entonces es cuando empezamos a sentir el amor de Dios en nuestros corazones y nos entregamos sin reservas al Dios que es amor, que se nos ha dado por amor y que nos llama al amor eterno.
Nuestra reflexión de hoy quiere adentrarse en el misterio insondable del amor de Dios que, en Jesucristo, se ha hecho hombre para que el hombre llegue a ser Dios.
¿Es posible que la historia de Dios se haga historia del hombre? ¿Es posible que la historia del hombre llegue a ser historia de Dios? En otras palabras, ¿es posible que Dios se meta de tal manera en el hombre, que Dios sea hombre realmente? ¿Es posible que el hombre se meta en Dios hasta llegar a ser Dios?
Cualquiera diría que hoy nos subimos hacia las alturas más de la cuenta, cuando en realidad lo que hacemos no es otra cosa que comentar la Biblia en lo que tiene de más grande, de más profundo, de más misterioso, de más consolador, de más tierno, de más hermoso.
Toda la Biblia no nos dice otra cosa sino que ese Dios tan grande y tan inmenso se ha hecho un hombre, y que un hombre se ha hecho nada menos que Dios.
El Dios grande se ha hecho hombre muy pequeño. Y el hombre tan pequeño ha llegado --como quien no dice nada-- a ser esto: Dios.
Éste es el misterio de Jesucristo. Dios se hace hombre en Jesucristo. Y el hombre se hace Dios --participante de la vida de Dios-- cuando se inserta en Jesucristo.
Dios, por Jesucristo --nacido de una Mujer conocida, una Mujer de nuestra raza--, se ha metido en nuestra historia de hombres, nacido en un lugar concreto, en un tiempo determinado, hecho hombre perfecto en todo.
El hombre, en Jesucristo, se ha hecho Dios, y todos los hombres hemos llegado a ser Dios porque Jesucristo nos ha metido con Él en la misma vida de Dios.
Con una afirmación semejante, tenemos para volvernos locos de admiración y de felicidad. ¿Tan pequeño es Dios, que es como yo? ¿Tan grande soy yo, que soy como Dios?...
Esto no lo entiende ningún pagano, ni tan siquiera algunos otros creyentes que adoran al verdadero Dios, como un judío o un musulmán. Sólo el cristiano entiende la Palabra de Dios en toda su dimensión, y se atreve a decir:
- ¡Dios vive en mí, escondido en mi corazón! ¡Yo vivo en Dios, hecho partícipe de su misma vida divina dentro de mí!
Jesucristo ha sido quien ha unido estas dos cosas tan imposibles de anexionar: Dios y el hombre. Los dos, como el estaño y el cobre, se han hecho una pieza de bronce irrompible, porque Dios será siempre hombre, y el hombre será siempre Dios...
Esta es la maravilla de la Encarnación del Hijo de Dios. El Hijo de Dios se hizo hombre en el seno de una Mujer, para que el hombre llegara a ser Dios.
Ante este misterio, caemos de rodillas adorando pasmados el amor de Dios. ¿Qué necesidad tenía Dios de llegar a esto? Ninguna. Sólo el amor ha podido llevar a Dios a semejante condescendencia. Y entonces viene el preguntarse:
- ¿Quién no amará a semejante amador?...
Metido Dios en nuestra historia, en nuestra vida de cada día, cambia del todo nuestra manera de ser y de comportarnos. Jesucristo, el Dios hecho hombre, nos ha hecho a nosotros capaces de llevar una existencia como la de Dios.
Vivimos, trabajamos, comemos, dormimos, gozamos y sufrimos como el mismo Dios, que se empeñó en llevar nuestra misma manera de vivir.
Morimos como murió el mismo Dios.
Resucitamos a una vida nueva como resucitó el mismo Dios después de muerto.
Llevamos en nosotros el mismo Espíritu Santo, como lo llevaba y nos lo dio Jesucristo el Resucitado.
Reinaremos en la gloria de Dios como reina Jesucristo, inmortales por una eternidad inacabable.
En Jesucristo nos hemos encontrado Dios y los hombres a fin de llevar Dios nuestra vida y nosotros la vida de Dios.
El cristiano, que sabe esto, ¿puede tomarse la libertad de llevar una vida que no sea digna de Dios?...
El cristiano, que sabe que tiene el mismo destino de Dios, es decir, la misma gloria y felicidad de Dios, ¿puede jugar con su salvación?...
Señor Dios, tu grandeza es inmensa. Tu poder no tiene límites. Tus días son incontables. Tu hermosura es inimaginable.
Pero tu amor sobrepasa toda medida y toda comprensión. ¿Tú tan pequeño como yo, para hacerme yo en ti tan grande como Tú?...
Si me faltases Tú, ¿qué sería para mí todo lo demás? Si te poseo a ti, ¿todo lo demás qué me importa, si me sobra todo?...
Pedro García, Misionero Claretiano
catholic.net
miércoles, 11 de marzo de 2015
Un yihadista de DAESH se convierte al cristianismo
Un terrorista del autoproclamado “Estado Islámico” decidió abrazar la fe que había perseguido después de que unos monjes le salvaran la vida al ser herido en un enfrentamiento en la frontera de Siria.
Combatía con las fuerzas yihadistas contra el ejército sirio cuando le alcanzó el fuego enemigo y perdió el conocimiento. Así comienza la historia de un yihadista que, tras encontrarse a las puertas de la muerte, decidió cambiar radicalmente de vida.
Tendido en el suelo y abandonado por los miembros de DAESH que le habían dado por muerto, le encontraron los monjes del Monasterio de San Domenakan. Los hermanos, movidos por la piedad, decidieron recogerle para darle sepultura cristiana. Sin embargo, cuando se disponían a enterrarle, el hombre dio señales de vida y recuperó la consciencia ante el asombro de los presentes.
Al darse cuenta de que estaba vivo, los monjes trasladaron al yihadista a un lugar seguro para poder atenderle adecuadamente y que pudiera recuperarse de sus heridas. Cuando este hombre descubrió que estaba siendo cuidado por los que habían sido sus enemigos, le confió a uno de los monjes que sentía que su vida religiosa en el Islam hasta ese momento había sido un engaño.
Pocos días después, el que fuera un terrorista de DAESH, se convirtió al cristianismo y decidió quedarse a vivir con los monjes que le habían salvado la vida en el desierto.
El ex yihadista, cuyo nombre no ha sido publicado para proteger su vida, confesó a los monjes que él creía que si moría mártir por el Islam, se le abrirían las puertas del cielo. Sin embargo, cuando estuvo al borde de la muerte fue consciente de todo el dolor que había provocado y se presentaron ante él todos los asesinatos que había cometido, “cada cabeza que había cortado”. En ese momento supo que la vida que había llevado no le conduciría a las puertas del cielo, sino a las del infierno.
Ahora, este nuevo converso espera que su historia ayude a que otros miembros del DAESH se den cuenta de su error y del daño que están provocando y cambien de vida.
infovaticana.com
Segunda catequesis del Papa Francisco sobre los ancianos
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En la catequesis de hoy proseguimos la reflexión sobre los abuelos, considerando el valor y la importancia de su rol en la familia. Lo hago identificándome en estas personas, porque yo también pertenezco a este grupo de edad.
Cuando estuve en Filipinas, los filipinos, los habitantes de las Filipinas, el pueblo filipino me saludaba diciendo: “Lolo Kiko”, es decir, “abuelo Francisco”, “Lolo Kiko” decían.
Es importante subrayar una primera cosa: es verdad que la sociedad tiende a descartarnos, pero ciertamente el Señor no, ¿eh? El Señor no nos descarta jamás. Él nos llama a seguirlo en cada edad de la vida y también la ancianidad contiene una gracia y una misión, una verdadera vocación del Señor.
La ancianidad es una vocación. No es el momento todavía de “tirar los remos en la barca”. Este periodo de la vida es diverso de los precedentes, no hay dudas: debemos también “inventárnoslo” un poco, porque nuestras sociedades no están listas, espiritualmente y moralmente, para darle a éste, en este momento, su pleno valor.
Una vez, en efecto, no era tan normal tener tiempo a disposición, hoy lo es mucho más. Y también la espiritualidad cristiana ha sido tomada un poco de sorpresa, y se trata de delinear una espiritualidad de las personas ancianas. ¡Pero gracias a Dios, no faltan los testimonios de santos y santas!
Me ha impresionado mucho la “Jornada de los ancianos” que hicimos aquí en la plaza de San Pedro el año pasado, la plaza estaba llena: escuché historias de ancianos que se entregan por los otros. Y también historias de parejas, de matrimonios, que vienen y dicen: “pero hoy cumplimos 50 años de matrimonio”, “hoy cumplimos 60 años de matrimonio”…yo digo, pero: ¡háganlo ver a los jóvenes que se cansan rápido!
El testimonio de los ancianos en la fidelidad. Y en esta plaza había tantos ese día. Es una reflexión para continuar, en ámbito ya sea eclesial que civil. Es la imagen de Simeón y Ana, de los cuales nos habla el Evangelio de la infancia de Jesús, compuesto por San Lucas. Eran ciertamente ancianos, el “viejo” y la “profetisa” Ana, que tenía 84 años. No escondía la edad esta mujer.
El Evangelio dice que esperaban la venida de Dios, cada día, con gran fidelidad, desde hacía muchos años. Querían precisamente verlo aquel día, captar los signos, intuir el comienzo. Quizás estaban también ya un poco resignados a morir antes: pero aquella larga espera continuaba a ocupar toda su vida, no tenían compromisos más importantes que éste: esperar al Señor y rezar.
Y bien, cuando María y José llegaron al templo para cumplir las prescripciones de la Ley, Simeón y Ana dieron un salto, animados por el Espíritu Santo (cfr. Lc 2, 27). El peso de la edad y de la espera desapareció en un momento. Ellos reconocieron al Niño y descubrieron una nueva fuerza, para una nueva tarea: dar gracias y dar testimonio por este Signo de Dios. Simeón improvisó un bellísimo himno de júbilo (cfr. Lc, 2, 29-32) – fue un poeta en aquel momento - y Ana se transformó en la primera predicadora de Jesús: “hablaba del Niño a cuantos esperaban la redención de Jerusalén” (Lc 2,38).
Queridos abuelos, queridos ancianos, ¡pongámonos en la estela de estos viejos extraordinarios! Volvámonos también nosotros un poco ‘poetas de la oración’: tomémosle el gusto a buscar palabras nuestras, recobremos aquellas que nos enseña la Palabra de Dios. ¡Es un gran don para la Iglesia, la oración de los abuelos y de los ancianos!
La oración de los ancianos y abuelos es un don para la Iglesia, ¡es una riqueza! Una gran inyección de sabiduría también para la entera sociedad humana: sobre todo para aquella que está demasiado ocupada, demasiado absorbida, demasiado distraída. Alguien tiene que cantar, también para ellos; cantar los signos de Dios, proclamar los signos de Dios, ¡rezar por ellos! Miremos a Benedicto XVI, quien ha elegido pasar en la oración y en la escucha de Dios la última parte de su vida. ¡Esto es bello!
Un gran creyente del siglo pasado, de tradición ortodoxa, Olivier Clément, decía: “Una civilización en la que ya no se ora es una civilización en la que la vejez carece de sentido. Y esto es aterrador, tenemos necesidad de ancianos que oren porque la vejez se nos da para esto”. Tenemos necesidad de ancianos que recen porque la vejez se nos da precisamente para esto. Es una bella cosa la oración de los ancianos.
Nosotros podemos agradecer al Señor por los beneficios recibidos, y llenar el vacío de ingratitud que lo rodea. Podemos interceder por las expectativas de las nuevas generaciones y dar dignidad a la memoria y los sacrificios de aquellas pasadas.
Nosotros podemos recordar a los jóvenes ambiciosos que una vida sin amor es árida. Podemos decirles a los jóvenes temerosos que la angustia del futuro se puede vencer. Podemos enseñar a los jóvenes demasiado enamorados de sí mismos, que hay más alegría en dar que en recibir.
Los abuelos y abuelas forman el “coro” permanente de un gran santuario espiritual, donde la oración de súplica y el cántico de alabanza sostienen la comunidad que trabaja y lucha en el campo de la vida.
La oración, finalmente, purifica incesantemente el corazón. La alabanza y la súplica a Dios previenen el endurecimiento del corazón en el resentimiento y el egoísmo. ¡Qué feo es el cinismo de un anciano que ha perdido el sentido de su testimonio, desprecia a los jóvenes y no comunica una sabiduría de vida!
¡En cambio qué bello es el aliento que el anciano logra transmitir al joven en busca del sentido de la fe y de la vida! Es verdaderamente la misión de los abuelos, la vocación de los ancianos. Las palabras de los abuelos tienen algo de especial para los jóvenes. Y ellos lo saben. Las palabras que mi abuela me dio por escrito el día de mi ordenación sacerdotal, las llevo todavía conmigo, siempre en el breviario, y las leo a menudo, y me hacen bien.
¡Cuánto quisiera una Iglesia que desafía la cultura del descarte con la alegría desbordante de un nuevo abrazo entre los jóvenes y los ancianos! Y esto es lo que hoy le pido al Señor: ¡este abrazo!
aciprensa.com
miércoles, 4 de marzo de 2015
Francisco: “Aunque no se diga abiertamente, a los ancianos se los desecha”
la catequesis de hoy y la del próximo miércoles estarán dedicadas a los ancianos, que, en el ámbito de la familia, son los abuelos. Hoy reflexionamos sobre la problemática condición actual de los ancianos, y la próxima vez, más en positivo, sobre la vocación contenida en esta edad de la vida.
Gracias a los progresos de la medicina la vida se ha alargado: la sociedad, sin embargo, ¡no se ‘ensanchado' a la vida! El número de los ancianos se ha multiplicado, pero nuestras sociedades no se han organizado lo bastante para hacerles sitio, con justo respeto y concreta consideración para su fragilidad y dignidad. Mientras somos jóvenes, se nos induce a ignorar la vejez, como si fuera una enfermedad de la que estar lejos; cuando después nos hacemos ancianos, especialmente si somos pobres, estamos enfermos o solos, experimentamos las lagunas de una sociedad programada en la eficiencia, que consecuentemente ignora a los ancianos. Y los ancianos son una riqueza, no se pueden ignorar.
Benedicto XVI, visitando un asilo, usó palabras claras y proféticas: “La calidad de una sociedad, quisiera decir de una civilización, se juzga también por cómo se trata a los ancianos y del lugar reservado para ellos en el vivir común” (12 novembre 2012). Es verdad, la atención a los ancianos hace la diferencia de una civilización. En una civilización, ¿hay atención al anciano? ¿Hay sitio para el anciano? Esta civilización irá adelante porque sabe respetar la sabiduría de los ancianos. En una civilización que no hay sitio para los ancianos, son descartados porque crean problemas, esta sociedad lleva consigo el virus de la muerte.
En Occidente, los estudiosos presentan el siglo actual como el siglo del envejecimiento: los hijos disminuyen, los ancianos aumentan. Este desequilibrio nos interpela, es más, es un gran desafío para la sociedad contemporánea. Incluso una cierta cultura del lucro insiste en el hacer aparecer a los ancianos como un peso, un “lastre”. No solo no producen, piensa, sino que son una carga: en conclusión, por ese resultado de pensar así, son descartados. Es feo ver a los ancianos descartados. Es pecado. No se osa decirlo abiertamente, ¡pero se hace! Hay algo vil en esta adicción a la cultura del descarte. Estamos acostumbrados a descartar gente. Queremos eliminar nuestro creciente miedo a la debilidad y la vulnerabilidad; pero haciéndolo así aumentan en los ancianos la angustia de ser mal tolerados y abandonados.
Ya en mi ministerio en Buenos Aires toqué con la mano esta realidad con sus problemas. “Los ancianos son abandonados, y no solo en la precariedad material. Son abandonados en la egoísta incapacidad de aceptar sus límites que reflejan nuestros límites, en las numerosas dificultades que hoy deben superar para sobrevivir en una civilización que no les permite participar, expresar su opinión, ni ser referente según el modelo consumista de ‘solamente los jóvenes pueden ser útiles y pueden disfrutar’. Sin embargo, estos ancianos deberían ser, para toda la sociedad, la reserva de sabiduría de nuestro pueblo. Los ancianos son la reserva de sabiduría de nuestro pueblo. ¡Con cuánta facilidad se pone a dormir la conciencia cuando no hay amor!” (Solo el amor nos puede salvar, Ciudad del Vaticano 2013, p. 83). Y sucede así. Yo recuerdo cuando visitaba asilos hablaba con cada uno y muchas veces escuché esto. ‘¿Cómo está usted?’ ‘Bien, bien’ ‘¿Y sus hijos, cuántos tiene? ‘Muchos, muchos’. ‘¿Vienen a visitarla?’ ‘Sí, sí, siempre, siempre, vienen’. ‘¿Cuándo vinieron la última vez?’ Y así, la anciana, recuerdo una especialmente, decía ‘en Navidad’. Estábamos en agosto. Ocho meses sin ser visitada por los hijos. Ocho meses abandonada. Esto se llama pecado mortal. ¿Entendido?
Una vez cuando era pequeño, la abuela nos contaba una historia de un abuelo anciano que al comer se ensuciaba porque no podía llevar la cuchara a la boca con la sopa. Y el hijo, o sea el Papa de la familia, había decidido separarlo de la mesa común. E hizo una mesa en la cocina donde no se veía para que comiera solo, y así, no quedaba mal cuando venían los amigos a comer o cenar. Pocos días después, llegó a casa y encontró a su hijo pequeño jugando con madera, el martillo, los clavos. Y hacía algo. Le dijo, ‘¿qué haces?’ ‘Hago una mesa papá’. ‘¿Una mesa, por qué?’ 'Para tenerla cuando te hagas anciano, y así puedes comer allí'. Los niños tienen más conciencia que nosotros.
En la tradición de la Iglesia hay una riqueza de sabiduría que siempre ha sostenido una cultura de cercanía a los ancianos, una disposición al acompañamiento afectuoso y solidario en esta parte final de la vida. Tal tradición está enraizada en la Sagrada Escritura, como demuestran por ejemplo estas expresiones del Libro del Eclesiástico: “No te apartes de la conversación de los ancianos, porque ellos mismos aprendieron de sus padres: de ellos aprenderás a ser inteligente y a dar una respuesta en el momento justo”.
La Iglesia no puede y no quiere conformarse con una mentalidad de impaciencia, y mucho menos de indiferencia y de desprecio, en lo relacionado con la vejez. Debemos despertar el sentido colectivo de gratitud, de aprecio, de hospitalidad, que hagan sentir al anciano parte viva de su comunidad.
Los ancianos son hombres y mujeres, padres y madres que han estado antes que nosotros sobre nuestro mismo camino, en nuestra misma casa, en nuestra batalla cotidiana por una vida digna. Son hombres y mujeres de lo cuales hemos recibido mucho. El anciano no es un extraño. El anciano somos nosotros: dentro de poco, dentro de mucho, pero inevitablemente, aunque no lo pensemos. Y si no aprendemos a tratar bien a los ancianos, así nos tratarán a nosotros.
Frágiles son un poco todos, los ancianos. Algunos, sin embargo, son particularmente débiles, muchos están solos, y marcados por la enfermedad. Algunos dependen de cuidados indispensables y de la atención de los otros. ¿Daremos por esto un paso atrás? ¿Les abandonaremos a su destino? Una sociedad sin proximidad, donde la gratuidad y el afecto sin contrapartida --también entre extraños-- van desapareciendo, es una sociedad perversa. La Iglesia, fiel a la Palabra de Dios, no puede tolerar estas degeneraciones. Una comunidad cristiana en la que proximidad y gratuidad no fueran consideradas indispensables, perdería su alma. Donde no hay honor para los ancianos, no hay futuro para los jóvenes.
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